COLUMNA | El costo de una contrarreforma eléctrica (Parte 2)
Imagine usted una decisión presidencial que sube de sopetón el precio de las tortillas, el principal alimento del país, más para la gente de muy escasos recursos. Imagine también que sube el precio de la cerveza, porque se encarece su producción, el del vidrio que usan para embotellarla, el metal que usan para taparla; imagine que se encarece el agua embotellada y los refrescos, el pan, porque sus insumos suben de precio. En resumen, el costo de las cosas que los mexicanos consume a diario sube.
¿Quiere construir algo nuevo? Sí, pero ahorita en momento de crisis, el precio del cemento, del vidrio, del acero de las varillas, del cable para las instalaciones eléctricas, sube de precio.
Todos ellos, productos que consume el pueblo bueno, básicos, suben de precio en pocos días porque uno de sus principales insumos se encarece.
Imagine ahora que de repente las armadoras de autos, que significan cientos de miles de empleos directos e indirectos, tengan que pagar más por un insumo: que suban el precio de los plásticos que usan para fabricar los autos y las partes metálicas, el vidrio de sus cristales y hasta el costo de armado e iluminación. Y no es un costo universal, sino solo nacional. Además, es de un insumo que en el mundo tiende a bajar, mientras que aquí sube.
Probablemente la empresa que fabrica autos, si depende del mercado nacional, tenga que elevar sus precios y trasladar el incremento del costo de su insumo al consumidor final, al pueblo bueno. Resultado: encarecen los autos.
Pero ¿qué pasa si esta empresa produce para exportar?
Pues simple: que las exportaciones de sus productos en el mercado internacional perderán atractivo al elevar sus precios. Perderá mercado.
Entonces esa empresa armadora podrá buscar otros lugares donde pueda mantener sus costos de producción o incluso los pueda bajar para ser competitivo en el corto, mediano y largo plazo.
Imagine ahora que el tren maya y el proyecto de la refinería de Dos Bocas, que ya han incrementado sus costos, necesitan incrementar oooootra vez más su presupuesto por un aumento del costo de uno de sus principales insumos: el acero para sus vías y estructuras.
Imagine también que se le incrementa el costo del cine, del papel, del alojamiento en las zonas turísticas más importantes del país.
Eso llevará a una espiral inflacionaria, pérdida de empleos, más pobreza, menos recaudación.
Ahora imagine que todo lo anterior es por una sola decisión, una sola reforma propuesta por el presidente.
Y ni siquiera es un aumento de impuestos que mejore las condiciones de recaudación del país, es por una decisión presidencial para hacer algo que no necesitamos: que todos los empresarios compren un insumo básico a quien lo vende más caro, es decir, compren la energía a CFE.
Y es que es simple: la industria prefiere comprar energía a generadores privados por una sola razón: comprar energía a privados le resulta más barato que comprarle a CFE. Y no es marginalmente menor, sino considerablemente.
Y no se engañe: la gran diferencia es que generar les cuesta más barato a los privados porque son más eficientes.
Ahora, ¿cuál es la necesidad de encarecer la energía? Realmente ninguna, sino solo cumplir el capricho de un par de personas que no pueden entender el mundo sin un estado todopoderoso dirigido por ellos.
Porque no, ni siquiera es un asunto de beneficiar al pueblo.
Invertir el orden de despacho económico no va a beneficiar a CFE, pues ante la promesa de mantener las tarifas de energía se obligarán a mantener e incrementar los subsidios a la electricidad o incrementarán las pérdidas de las generadoras de CFE.
Porque las perdidas de CFE significarán distraer los recursos del Estado, que deberían destinarse a educación o salud.
Porque tampoco es un asunto de soberanía, pues sus planes requieren seguir importando combustibles, principalmente gas, o encarecerían aún más la energía.
Porque tampoco es un asunto de seguridad del sistema, pues CFE tiene cada vez más salidas de sus plantas por fallos, que son el doble de las salidas por mantenimiento.
Es sólo un asunto de poder. Y el bienestar de los mexicanos, el futuro y el presente, pasan a segundo plano. Todo sea por decir que somos muy mexicanos y nacionalistas.
Eso sin contar que el Estado Mexicano tendría que pagar indemnizaciones por las inversiones en México. Si consideramos que hay unos 12,400 MW instalados en capacidad de generación para mercado, y que sin tomar en cuenta subastas, se pretende que generen unos 20 millones de MWh a costo promedio de 1,704 pesos por MWh en el Mercado Eléctrico (costo de noviembre pasado), podrían significar 34.8 mil millones de pesos de indemnización para los generadores de mercado cada año, 870 mil millones de pesos para 25 años de permiso que le restan, o sea 43.5 mil millones de dólares. Eso sumado a los más los 18 mil millones de dólares de los proyectos de las subastas, son unos 61 mil millones de dólares o 1.22 billones de pesos, cerca del 20 por ciento del presupuesto de egresos del año 2021 del gobierno, sin que eso garantice un sólo watt adicional de capacidad de generación a lo ya instalado ni certeza de que todo opere bien.
Y falta contar autoabastecimiento y Productores Independientes de Energía.
Carestía, pérdida de empleos, incremento general de precios, deuda multimillonaria por indemnizaciones.
¿Bien vale el capricho nacionalista?